Islam e izquierdas: un problema de coherencia

 

Empiezo inconscientemente este artículo, conocedor de que me causará disgustos y que no me apetece nada adentrarme en un campo de minas. También entiendo que no es el mejor momento para iniciar reflexiones cuando los últimos acontecimientos han generado gran tensión, sin embargo, frecuentador de medios políticos, sociales e intelectuales alternativos, constato que nunca se ha abordado cuestión tan delicada de una manera abierta y sistemática: ¿cuál debe ser la actitud que deben tener las izquierdas con el islam? Escribo asustado, porque al integrismo de determinados medios que hacen una identificación mecánica entre terrorismo y comunidad musulmana, escucho otros debates, no menos mecánicos, que asimilan cualquier crítica al islam a unas intenciones xenófobas. O escucho también algunas teorías conspiratorias, del más puro estilo Willy Toledo, que me dejan más que preocupado. Sin embargo confieso haber quedado escaldado más de una vez para emitir juicios personales, que han comportado reacciones que todavía me sorprenden. Así, a modo de ejemplo, y ante un público mayoritariamente anarcosindicalista, fui recriminado al afirmar que “los anarquistas, como habían hecho tradicionalmente con los trabajadores, deberían organizar cursillos de ateísmo entre la comunidad musulmana”, como si estos no tuvieran derecho a tener una segunda opinión sobre la trascendencia. O también recuerdo haber sido muy criticado por gente de izquierdas para manifestarme contrario a la imposición del velo … a una niña de diez años en una escuela pública!

Genealogía de las izquierdas

Tenemos un problema de coherencia. Este batiburrillo ideológico tradicionalmente identificado con las izquierdas tiene una trayectoria y unos elementos comunes. Es en sus fundamentos la idea de ilustración, de emancipación del individuo del pensamiento mágico, de destruir los lazos feudales que impedían a cada persona el derecho a elegir su propio destino, y que a menudo aparecía justificado de manera simbólica en una religiosidad patriarcal, donde un Dios omnipotente y omnisciente representaba a escala divina, la desigualdad y opresión estructural de la sociedad estamental. Del mismo modo, las “izquierdas” son en buena parte responsables (a menudo desde una perspectiva oscura y cruel) de la supresión de los comunitarismos. Se cierran los guetos europeos, se pretende acabar con las discriminaciones o privilegios de unos grupos respecto a otros, y se procede a crear una comunidad basada en la igualdad de derechos y deberes. Se descubre la libertad entendida como capacidad de liberación de antiguas opresiones, dogmas o lazos personales y colectivos. A menudo el instinto religioso se sustituye por la sacralización de la ciencia, el progreso o un racionalismo (a menudo irracional), especialmente entre los movimientos marxistas. En otros casos, como sucede en el mundo libertario, se construye un relato según el cual la naturaleza humana es pura e igualitaria, y en la espiritualidad se mata un Dios autoritario y se sustituye por prácticas espiritistas, en un deseo de contactar con el más allá sin jerarquías ni intermediarios. En toda esta revolución filosófica que las izquierdas aportan a la humanidad, hay un hecho fundamental: la libertad individual, el ansia por la igualdad, y una voluntad de fraternidad humana.

Identificar el islam, una religión, con el conjunto de su comunidad es un error absoluto, un triunfo de los sectores fanáticos e intransigentes, que establecen la identificación del conjunto de los creyentes (ummah) como hecho determinante de la pertenencia de unos individuos a una autoridad despótica, en la sumisión a Dios (islam significa, literalmente, esto). Esta identificación automática podría entenderse entre los partidarios del antiguo régimen, para los que las jerarquías contienen elementos simbólicos y esenciales. En el mundo fanático de la religiosidad medieval y de antiguo régimen, se entendía que la comunidad era fundamentalmente de fe. Y los “pecados” individuales eran atribuidos colectivamente. De ahí la furia de las interminables guerras de religión o las persecuciones y masacres contra las minorías étnicas o religiosas. Hacer una crítica a una religión y identificarla como un ataque a su integridad de la comunidad es una terrible equivocación, porque imita precisamente a los sectores reaccionarios, los defensores de separar grupos en función de casuísticas arbitrarias, a negar que un individuo es la suma de un conjunto de identidades múltiples y cambiantes.

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El islamismo como problema.
El islamismo es un problema. Especialmente para los musulmanes. No sólo porque estadísticamente sean las principales víctimas, sino porque los fuerza a identificarse, por unanimismo interno o presiones externas, en función del factor religioso. Este es uno de los factores que desde hace algunos años he podido contemplar en los últimos años. Personas que comparten con sus iguales una serie de factores múltiples y cambiantes que les permiten interactuar en condiciones de igualdad con las personas próximas: ser del Barça, del club super 3, hacen de Justin Bieber, del equipo de balonmano del pueblo … y que a partir de la llegada de un imán financiado por las monarquías del Golfo, simbolizan en el cambio de indumentaria repentino, el radical cambio de identidad. A partir de entonces se presentan, esencialmente, como musulmanes. Y esta renuncia a interactuar como iguales (idénticos derechos, iguales riesgos) es el que también empuja el grupo al aislamiento al repliegue comunitario, a la incomunicación ya guetos que tienen mucho de voluntario. Al fin y al cabo, cualquiera que haya trabajado en escuelas, hospitales, servicios sociales o espacios donde hay interactuación entre personas de orígenes diferentes habrá visto muchas cosas (y constatará que la inmensa mayoría se han instalado en un terreno de juego común e interactúan con normalidad con sus conciudadanos) en el que se detecta un repliegue interno, y que tiene la religión como el eje central que pivota sobre su existencia.

En mi opinión, escéptica y poco impresionable, entiendo que no es tanto el hecho religioso como un reforzamiento de la desigualdad interna de un colectivo, que reacciona regresivamente, con pretextos coránicos, frente a los riesgos de disolución comunitaria, de transformación de las reglas del juego dentro de las familias y la gente cercana. De ahí que se activen mecanismos de control especialmente duros contra las mujeres, con la intención de que, al evitar matrimonios mixtos, puedan mantener la coherencia cultural y la relación de poder entre patriarcas y caciques locales. El control de la sexualidad y la reproducción se convierte en un instrumento defensivo, no tanto para la conservación de los elementos culturales, sino para preservar la lógica de dominio interno dentro del grupo. El problema, como sosteníamos al inicio de este artículo es la escasa coherencia con que reaccionamos ante un problema complejo.

El islam es criticable? En mi opinión sí. Absolutamente. Como cualquier otra creencia. Sin embargo, cuando he hecho afirmaciones provocadoras del estilo de “menos mezquitas y más bibliotecas”, me he encontrado con más de una fatua … por parte de ateos de izquierdas. Si cambiara mezquitas por iglesias, los mismos que me condenan, me propondrían para un premio. Al fin y al cabo, la separación de iglesia y estado, la desacralización de la vida pública son hitos que en buena parte deberíamos agradecer a laicos y republicanos. Sin embargo, cualquier crítica a una religión no cristiana implica ser tachado automáticamente de xenófobo.

 

Criticar al islam

Pues sí, yo critico al islam. Como las religiones monoteístas, ésta se fundamenta en una concepción patriarcal del poder. Al fin y al cabo, el Dios de los musulmanes es una representación a escala divina de una sociedad àridament jerárquica. También critico su derecho civil, conocido como sharia, que establece un papel subordinado a las mujeres, o el trato que merecen los que no forman parte de la secta (la mayoría de lectores de este artículo forman parte del mismo club que yo , el de los infieles), o que sea una obligación extender sus creencias, o que pretendan tener el monopolio de la razón teológica, o un millar de cosas más que no tengo ningún problema en repetir en el caso del cristianismo o el judaísmo (el Después de todo, el islam no resulta otra cosa que un sincretismo de ambas religiones con creencias ancestrales). Y quien piense que criticar el Islam me convierte en un islamófobo, haría bien en sacarse la ESO. Soy capaz de separar un intangible (un conjunto de ideas como todas cuestionables) de las personas. Las ideas defendidas por el islam me parecen, en buena medida, perversas. Las personas que practican la fe me parecen … depende de quién! Sólo puedo hablar de los que conozco o he conocido. Algunos me parecen excelentes personas, otros me caen fatal. La conclusión es que en este mundo generosidad y estupidez están muy bien repartidas, por nacionalidad, por fe, por ideología, por género, …

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El problema es que cuando se critica una religión o una idea política (o peor aún, una religión como idea política, como el integrismo católico, islámico o judío), automáticamente las izquierdas salen en tromba a proteger a los inmigrantes de fe musulmana ya presentarlos como víctimas de la xenofobia. En cierta medida, esta reacción visceral los convierte en menores de edad, como si ellos mismos no pudieran emitir sus propias opiniones o suficientemente capaces de juzgar lo que ven, o de interactuar en igualdad en el debate social o teológico, de deslumbrarnos con sus argumentos o quedar en evidencia. A ojos de muchos militantes de la izquierda, rellena de paternalismo y de soberbia moral, las puede aliviar la conciencia. A ojos de buena parte de la ciudadanía, los desautoriza por la falta de coherencia. Tratar distinto a unos u otros es un principio de justicia elemental de la que somos conscientes desde que estamos en la escuela primaria. La idea de que hay que defender una minoría de la crítica social es convertirlos en menores de edad, y es interpretado a menudo por muchos como parte del folclore (o la liturgia) de una parte de las izquierdas. Y eso, desgraciadamente es lo que está rellenando de votos y apoyos a personajes (e ideologías) peligrosas como las que alimenta el Frente Nacional de Marine Le Pen, o casa, a Plataforma por Cataluña, que son paradójicamente los que tienen una mentalidad comunitaria , pues separan entre un “nosotros” y un “otros” que nos remite al mundo premoderno y comunitarista. Defender los musulmanes, preventivamente, por el solo hecho de serlo es un terrible error de las izquierdas. Defender los individuos de las injusticias y discriminaciones, plantear acciones sin discriminar a nadie, debido a las dificultades sociales reales, y entendiendo que hay que cumplir unas reglas del juego muy simples (el respeto a los valores de la izquierda) sería otra cosa. En las izquierdas corresponde velar por la libertad, la igualdad y la fraternidad. Y combatir, por lo tanto, todos aquellos obstáculos que las impiden. Y a menudo, las religiones autoritarias, las creencias premodernas, propias y ajenas, lo son.

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