El fin de Europa

A pesar de que se conmemora el centenario de la Primera Guerra Mundial, la efeméride no ha suscitado demasiado debate público sobre los motivos que llevaron a Europa a su tentativa de suicidio. Y sin embargo, en 1914 mantiene inquietantes paralelismos con la situación actual. Entonces, el continente estaba compuesto mayoritariamente por estados que se disputaban la hegemonía regional y mundial, en busca de ventajas comparativas para extender fronteras y en la carrera por la explotación colonial, mientras que un capitalismo despiadado quedaba indiferente al sufrimiento de la población trabajadora. Entonces, nos lo recuerda Robert D. Kaplan en su libro The Revenge of Geography, la geopolítica, campo de conocimiento que analiza las relaciones entre poder y territorio, se convertía en una disciplina académica bien valorada. El estudiaban políticos y estrategas para modelar el mundo de acuerdo con una lógica de dominio y de lucha darwiniana por la supremacía.

Como señalaba Robert Graves, veterano de la Gran Guerra, esta conflagración representó un “Adiós a todo esto”, pues los sueños de capitalismo imperial se hundieron en el barro de Verdun o Passchendaele. La tentativa para reorganizar el orden europeo culminó en una descomposición del mapa político y social del continente. Los imperios multinacionales se desintegra. El capitalismo clásico fue impugnado por revoluciones sociales y el viejo orden liberal se disolvió entre unas clases medias que optaron por varias versiones de autoritarismos. Y sin embargo, Europa volvió a reincidir en 1939, con consecuencias aún más dramáticas.

En la Europa en ruinas de 1945, la tragedia impulsó una voluntad de corregir los errores del pasado. El principio de autodeterminación comenzó a aplicarse tímidamente, multiplicándose el número de estados. La protección social, el pacto socialdemócrata se entendió como una responsabilidad de los gobiernos, a la vez que como antídoto al peligro comunista. La geopolítica, presunta ciencia que deslumbró Alemania a la hora de diseñar el lebensraum, quedó desacreditada. La construcción europea se contempló como prevención ante los conflictos bélicos y como espacio de cooperación y crecimiento económico, a la vez que como construcción política fundamentada en el progreso social y la expansión de una democracia con contenido más real.

Cien años después Thomas Piketty nos señala un retorno hacia el capitalismo clásico y las sociedades duales de la Europa previa a 1914. Paralelamente a la emergencia académica del neoliberalismo, a partir de la década de los setenta, la geopolítica vuelve a ponerse de moda en las escuelas de negocios. Se presenta como técnicas de conquista de mercados y de lucha por la hegemonía económica. Las grandes corporaciones multinacionales imitan los viejos estados del XIX a la hora de confrontarse a otras empresas, y aprenden a utilizar las viejas tácticas imperiales a la hora de acosar gobiernos, corromper dirigentes, comprar voluntades políticas, forzar el apertura del comercio como fórmula de devastar tejidos económicos, o asaltar los servicios públicos (mediante privatizaciones) para colonizar espacios vírgenes para el capital privado.

Es así como hay que entender el Tratado de Libre Comercio (TTPI) en que las multinacionales de base estadounidense pretenden vampirizar las economías y las sociedades europeas. Lo tienen fácil. La Unión Europea ha dejado de convertirse en este espacio de cooperación económica y bienestar social para pasar a estar regida por una elite transnacional al dictado de los mercados. Como ejemplifica el caso de Junker, las élites europeas se dejan corromper con extraordinaria facilidad, y como demuestra el papel de los banqueros alemanes, los sueños de la hegemonía continental se traducen en un saqueo sistemático de sus clases medias. El resultado es la reproducción de un sistema imperial, en el que unas minorías deciden al margen de las mayorías que deben optar entre la resignación o una multitud de respuestas no siempre coherentes. El secuestro de Europa por parte del mundo financiero conlleva el estallido de soluciones radicales (y críticas con el capitalismo) del estilo del Syriza griego o el Podemos español, de fuerzas antieuropeas como el UKIP británico, de movimientos inclasificables como el Beppe Grillo italiano, o como el auge del Frente Nacional, en Francia. A todo esto hay que añadir la intransigencia (e incompetencia) de los mismos Estados a la hora de administrar su diversidad nacional interna (el caso de Escocia, Flandes o Cataluña son paradigmáticos). El resultado: la disolución del sueño europeo. El retroceso en la casilla de salida del viejo mundo de 1914. El sacrificio del bienestar en manos de los aspirantes a emperadores.

Nota: Artículo publicado el 25 de diciembre en la edición nacional de El Punt Avui

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