Una Cataluña postnacional

Mientras me documento para preparar una conferencia sobre la construcción de la identidad nacional en la era contemporánea, me encuentro un nombre que no había oído hablar y que la Wikipedia española trata como uno de los nuevos teóricos alrededor de la nación. Se llama Roberto Augusto y es conocido por publicar un libro, el año pasado, con el impactante título El nacionalismo ¡vaya timo! A partir de lo expresado en algunas entrevistas promocionales, su tesis se podría resumir que la nación es lo que los nacionalistas creen que es una nación. Evidentemente, ya pesar de la afirmación tautológica, su discurso es más matizado, aunque resulta evidente que su formulación teórica resto muy fundamentada por las especiales circunstancias que vive, en pleno debate sobre la cuestión catalana.

Se ha teorizado ampliamente en torno a la cuestión nacional. Los debates se suceden generación tras generación, al menos desde los tiempos de la Ilustración. Repasando las definiciones de nación que han elaborado los principales historiadores y pensadores, las clasifico en tres categorías. Encontraríamos la “romántico-esencialista”: es un hecho natural e innato, una especie de Volkgeist, (como reivindicaba Herder); la “descriptiva-analítica”: un fenómeno social en el que se comparten elementos culturales, solidaridades interpersonales y una identificación comunitaria, (con Anthony Smith y Ernst Gellner como principales defensores) y la “voluntarista-artificial”: entendida como una construcción expresa para mantener la cohesión social en el momento de descristianización occidental (Juan R. Llobera), un proceso social y cultural liderado por las élites de un país para cohesionar artificialmente (Hobsbawm) o una comunidad imaginada donde se exaltan elementos compartidos y obvian los divergentes y en que los individuos se reconocen como parte de una comunidad (Anderson).

Evidentemente, el posicionamiento de Augusto, como el de los detractores del nacionalismo catalán entra en esta tercera categoría. Ahora que, lo que tiene gracia, es que la historiografía catalana contemporánea es la que ha introducido principalmente estas visiones desmitificadoras de la nación y el nacionalismo. Y, es precisamente en las últimas décadas en las que se han difundido reflexiones como las de Benedict Anderson, que acepta la condición de la nación como una construcción individual artificial, y en cierta medida utilitarista. La nación sería el artefacto en el que un grupo de individuos se identifican como parte de una comunidad. Entre los sectores académicos catalanes, hace ya muchos años que estas tesis son aceptadas. Entre la mayoría de personas con un graduado de ESO, también la de los cientos de miles que salen a la calle para reivindicar la independencia, no debe quedar nadie que se crea que la nación es una especie de hecho esencial e inalterable, un designio de la naturaleza, un elemento natural que el destino nos impone como un cierto espíritu innato. No quedan románticos entre los independentistas.

La ironía del caso es que son precisamente los que se consideran a sí mismos como no nacionalistas (y que más propiamente deberíamos describir como antiindependentistas) quienes caen en las trampas del romanticismo, y piensan como Herder aunque nunca hayan oído a hablar de él. Son dirigentes políticos que consideran la existencia de la nación española en tiempos prehistóricos, que mantienen una visión orgánico-biológica (la separación es una amputación) o que incluso consideran un pecado (o el fruto de una alteración de la personalidad) el independentismo.

Paradojas de estos tiempos. La nación española (que, aparte de un estado, es también una comunidad imaginada en la que se exaltan elementos comunes y se obvian los divergentes) mantiene una visión muy uniforme y estática de su propia identidad. La nación es una, y sólo admite una manera de ser español, aunque puede tolerar elementos folclóricos diferentes y sometidos al “supremacisme castellano”. En términos religiosos, hablaríamos de un monoteísmo identitario. Es por ello que las propuestas de configuración base de la plurinacionalidad son contempladas por muchos como una herejía intolerable. El nacionalismo (no nacionalista) español actúa con una voluntad inquisitorial y represiva, tal como expresa el propio ministro de educación con su LOMCE, o como difunden la mayor parte de los medios afines al gobierno popular.

Uno de los elementos diferenciados catalanes es, precisamente, la pluralidad identitaria. Ya lo señalan las periódicas encuestas del CEO. Una buena parte de residentes del país, se consideran “tanto catalanes como españoles”. De hecho, la sociedad catalana es sumamente plural y variada, con orígenes muy diversos, y un porcentaje muy elevado de mezcla cultural. Todo ello no es vivido con angustias ni tensiones, sino con naturalidad. Y esto permite un dinamismo social y cultural desconocido en otras latitudes. En este sentido, la identidad catalana tiene más elementos comunes con la estadounidense o la argentina que con la española o la francesa. En términos religiosos, Cataluña es politeísta, esto es, relativista, tolerante, abierta.

Así, la presunta batalla entre nacionalismo catalán y no nacionalismo, es en realidad una pura apariencia. La realidad es inversa: un conflicto entre un nacionalismo autoritario, que pretende someter una sociedad a una única manera de entender la identidad, y un país plural que no tolera imposiciones, y que hace de la libertad personal y colectiva, un fundamento democrático.

Es por ello que hay cosas que el nacionalismo español no es capaz de comprender en el proceso. Se pensaba que los residentes catalanes de origen andaluz, castellano o extremeño actuarían de acuerdo con la lógica de la sangre y el apellido. Y no ha sido así. Los residentes catalanes que hace años que viven aquí, están muy acostumbrados a pensar por cuenta propia y actuar de acuerdo con sus intereses, y no a obedecer los gobiernos u otros que no saben lo que piensan o quieren. Al fin y al cabo, hay 7,5 millones de maneras de ser catalán. La identidad catalana, a partir de esta mezcla y pluralidad, de este no esencialismo, ocurre en cierta medida una especie de identidad Ikea. Cada uno se la construye a su manera. La idea de crear un espacio propio precisamente genera ilusión y esperanza porque, como versa la propia publicidad de la multinacional sueca, cada uno tiene derecho a crear la República de su casa, en redecorar su vida, a entender que puede montar un nuevo país, no desde el apriorismo, sino desde la improvisación.

La independencia de Cataluña, contrariamente a lo que sostienen sus detractores, no tiene nada que ver con el nacionalismo, ni con el pasado, ni con la cultura, ni con la lengua. Es, como podría considera Anderson, una comunidad imaginada fundamentada en la propia voluntad de ser y de hacer. En realidad, Cataluña es un país posnacional, porque su independencia es vivida esencialmente como útil, como proyecto propositivo, como un acto de voluntad más allá de las ideologías.

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