Decepcionante Pablo Iglesias

A veces me gusta definir al fenómeno Podemos como “la venganza de los primeros de la clase“. No nos engañemos, buena parte del núcleo fundador del partido podrían ser clasificados como “JASP”, “Jóvenes, aúnque Sobradamente Preparados” que recuerda la campaña publicitaria del Renault Clio mediados de la década de los noventa. Son jóvenes, saben idiomas, tienen una formación académica espectacular, y parecen mentalmente más preparados que una clase política en la que los corruptos y los indolentes copan las instituciones. Esto, acompañado de un extraordinario carisma, y de un contexto de una crisis estructural y malestar social, hace que haya una oportunidad para cambiar el sistema.

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Iglesias y Podemos son unos innovadores políticos de primera fila. Muchos, como Errejón disponen de unos conocimientos profundos de ciencia política y poseen suficiente edad para mantener una necesaria insolencia política para precipitar cambios profundos. Sin embargo, y tal como nos recuerda Stirner, cualquier cambio hecho desde arriba, no deja de ser una versión refinada de la sujeción política, un perfeccionamiento del dominio personal y colectivo. Las revoluciones, si pretenden transformar en profundidad, deben implicar la destrucción total de las estructuras políticas. En términos en que lo podamos entender, la única forma factible de alteración de los equilibrios de poder internos en España (la «casta»), consiste en disolver del todo, a desmantelarla, a destruir su unidad política.

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Esta mañana Pablo Iglesias ha venido a Barcelona a hacer una presentación pública de intenciones. Ha actuado con solvencia discursiva, y con fragilidad de fondo. Ha conseguido conectar con aquellos sectores que se dejaron deslumbrar por la esperanza del cambio de la mano de Felipe González. Con aquella Cataluña de raíces españolas que no han acabado de romper algunos lazos emocionales (y referenciales) con la patria de origen, ni tampoco romper con una determinada pulsión caciquil, de adicción a los liderazgos providenciales que provienen de los pueblos monárquicos. Iglesias, que es un intelectual brillante, sabe perfectamente que ante su tiene un dilema terrible. Un dilema irresoluble. Puede acabar el año próximo como nuevo presidente español, tal y como avanzan sondeos. Sin embargo, la aritmética le impediría hacer la revolución ansiada: (guillotinar -metafòricament, claro- la «casta»). Es más, para entrar en la Moncloa debería jurar previamente una constitución que no podría reformar. El siguiente paso, sería ser asimilado por un sistema que actúa como una hidra, y terminar, en el mejor de los casos, haciendo una política caciquil de parches y regalos como hizo el mismo (y venerado en el Carmelo) Felipe. Esto es lo que ha sucedido en tantos y tan bienintencionados políticos que, queriendo lo mejor para su país, han acabado traicionando-lo por acción u omisión, o clip_image004[4]simplemente se han acabado cansando.

Para llegar a la Moncloa, necesariamente tiene que traicionar a los catalanes. No puede ser de otra manera. A pesar de una cierta retórica autodeterminista, y que hoy nos haya hablado de “nación de naciones”, la letra de la canción ya nos la sabemos. No hacen falta spoilers para avanzar que el estatus catalán, decidido desde Madrid, no será más que una sesión de maquillaje con utensilios de la señorita Pepis. Sin embargo, los votos catalanes le serán imprescindibles para ascender al gobierno. Iglesias es posible que íntimamente considere que la injusticia con los catalanes requiera un acto reparador, sin embargo sabe perfectamente que en la cultura política española, Cataluña nunca será respetada. Cualquier gesto favorable conlleva el fallecimiento política del osado que lo pruebe. Es por ello que hoy ha hecho el discurso pirotécnico, estudiado, y poco original, de atribuir el nacionalismo a la burguesía, y otros vulgarizaciones marxistas. Es por eso que habla del nacionalismo catalán y no habla del español. Es por ello que no ha dicho que, en realidad, el único nacionalismo excluyente es el español, que no tolera diferencias, que es excluyente y supremacista, y que por muy moderno y progre que se presente, actúa como una religión, caro es garantizador del orden interno.

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Iglesias es decepcionante, en este sentido. Sin independencia, no hay ruptura. No puede haber ruptura en España, sin el zarandeo que propicie una independencia catalana (probablemente seguida de otros). Sólo así pueden alterarse los equilibrios de poder que haga fuera las élites de las instituciones estatales y de los engranajes clave. Sólo desde el trauma de la disolución se puede reformular el estado. Sólo desde el quebrantamiento de la legalidad constitucional se puede propiciar un nuevo proceso constituyente, también en España. Iglesias, en este sentido, es decepcionante, porque actúa al dictado de los prejuicios del nacionalismo hispánico, sin el valor de enfrentarse al hecho de que los españoles (y no sólo sus élites) tienen una importante responsabilidad en la deriva negativa de su país. Pues buena parte de los españoles han preferido a menudo sacrificar democracia y libertad para asegurar la “integridad” del estado, o se han dejado arrastrar por la catalanofobia, o han sido colaboradores necesarios en la burbuja inmobiliaria, o han sido indiferentes ante las desigualdades, …

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Podemos, si no es capaz de asegurar un referéndum de autodeterminación, sólo demostrará la hipocresía de los reformadores, que hablan de ruptura sólo cuando están cerca que los inviten a la fiesta. La independencia catalana, no deja de ser la prueba del algodón.

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