El hundimiento español

La cuestión catalana está sirviendo a la ciudadanía del Estado para evidenciar un problema más profundo y que le afecta más directamente: España experimenta un colapso multiorgánico. Sus instituciones se han rebajado hasta el punto de parecer una caricatura. Su prestigio internacional ha descendido a niveles turcos. El nivel de malestar social hace pensar en periodos prerrevolucionario. Gracias a la estupidez de muchos españoles adictos a un nacionalismo banal, no parecen darse cuenta de que la irritación por nuestro independentismo es síntoma de una decadencia imparable.

Nuestro proceso ha servido para evidenciar la nula cultura democrática hispánica y demostrar que no han oído hablar de Montesquieu. Que el Estado utiliza sus poderes -Brigadas Aranzadi, TC, Brunete mediática y BOE- como agentes golpistas; que la gestión de crisis como la del Ebola manifiesta una chulería suicida, que la corrupción ha pasado de ser extendida en el sistema a ser sistémica, o que la actitud autoritaria ha convertido el hecho catalán (y pronto el vasco) en un dolor de cabeza internacional. Esto se ha traducido en una progresiva marginación de España en los organismos internacionales, en críticas severas, por parte de diplomáticos e instituciones económicas, en una rebaja implícita en el estatus político dentro de la UE y una quiebra total de la “Marca España “.

¿Por qué? No hace tanto la percepción exterior se había situado en unos niveles razonables. El proceso de la Transición había conseguido engatusar buena parte de los analistas. Sin embargo, algo había ido pasando porque, a partir de mediados de los noventa, la imagen del Estado ante el mundo (y de los propios españoles) fuera deteriorándose. La Transición, y la democracia tutelada resultante, se fundamentó en un pacto desigual por el que las élites franquistas, ganadoras de una guerra civil e impuestas al Estado después de una guerra de exterminio, mantenían el control permitiendo que gobernaran otros . Seguían dominando los poderes fácticos, mientras dejaban la gestión política a personajes más o menos demócratas. El período socialista, con sus luces y sus sombras, había permitido modernizar el país, de acuerdo con la evolución social del momento. Desgraciadamente, con la eclosión del Partido Popular, el franquismo sociológico pasa del control a distancia a ocupar directamente las instituciones. Los populares, por heráldica, ideología, aptitud y actitud han sido, y son, franquistas, es decir, totalitarios, incompetentes, intolerantes, catalanofóbico, clasistas, y como se demuestra en el día a día, propensos a una corrupción profunda y adherida en el sistema, desde una arraigada tradición de impunidad. El nivel de estrés que propició el aznarato (1996-2004) ya empujó entonces hacia momentos de alta tensión. Al recuperar el gobierno, han confundido democracia con poder ilimitado e incondicional, con formas dictatoriales y contenidos reaccionarios.

Sin embargo, en pleno proceso de globalización, la “casta”, las élites extractivas, quedan en evidencia con respecto a un mundo que considera este grupo social anacrónico. Que suscita incomodidad entre la clase dirigente europea. El rescate bancario, y el cambio de reparto de influencias en la UE ha propiciado que los fondos comunitarios dejen de abastecer cuentas numeradas de buena parte de los grupos dirigentes, señal inequívoca de que deben dejar paso a otras élites más dinámicas. La respuesta de la lonja del Bernabéu ha sido histérica: un reforzamiento de la presión interna, de saqueo contra la propia ciudadanía más débil: robo indiscriminado del ahorro popular (preferentes y desahucios), los clientes de unas eléctricas de estructura feudal , ahogamiento impositivo de las clases medias, involución social y laboral, así como de discriminación fiscal contra los Países Catalanes. Las consecuencias: un creciente malestar que puede catalizar con opciones rupturistas. Y, por supuesto, la más que posible disolución de España, con una independencia de Cataluña que hay que entender como la posibilidad real de la ruptura pendiente con el franquismo. Al fin y al cabo, la sociedad catalana es la que está más organizada y movilizada para hacer frente a la dictadura posfranquista.

Los catalanes ya hace tiempo que hemos señalado que el emperador español despojado de democracia. Ahora, entre ataques airados, su núcleo dirigente asiste a la descomposición de su cortijo. Muchos empiezan a darse cuenta de que la gente les ha perdido el miedo y el respeto. Encerrados en su búnker de La Moncloa, algunos detectan ya las primeras señales de Der Untergang, el hundimiento.

Publicado en la edición nacional de El Punt Avui

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