Paralelismos

Uno de los principales vicios en que incurrimos los historiadores es la del establecimiento de paralelismos. De hecho, es en momentos de efervescencia social y política cuando encontramos que nos llaman para dar charlas, escribir artículos, montar exposiciones, o incluso se nos hacen consultas sobre la situación actual y se nos pide que, de acuerdo con nuestro conocimiento del pasado, nos aventuramos a adivinar por donde irá el futuro.

A mí en genera mucha ansiedad esto de las predicciones. Como ocurre con los economistas, lo más normal es que erramos en los pronósticos. Y últimamente, me siento como si estuviera haciendo intrusismo en el gremio de los astrólogos. La gente me pregunta qué pasará, como si yo fuera una especie de Sandro Rey. Yo sólo puedo aferrarme al conocimiento del pasado (un pasado que nunca se conocerá bastante) y entrar en el resbaladizo terreno de los paralelismos.

Sobre el 9 de noviembre, es obvio que los promotores de la consulta pretendían hacerla coincidir con el 25 aniversario de la caída del muro de Berlín. Para los que teníamos una edad que nos permitía ser consciente del momento y la trascendencia del instante (entonces me faltaba un mes para hacer 24), nos resultó increíble lo que sucedió. Como buena parte de mis lectores, el muro, como el mundo de la guerra fría, parecía un sistema pétreo inamovible, algo que perduraría muchos años. No existían síntomas claros que todo se derrumbara en pocas semanas. Ya entonces, como estudiante de historia y persona con inquietudes políticas, me miraba con lupa las informaciones que nos suministraban los medios de comunicación. Además, el verano anterior, en un campo de trabajo en Bélgica, había coincidido con algunos alemanes occidentales y un chico búlgaro. A partir de varias conversaciones, ninguno no me apuntaba ningún indicio de que la solidez de los ladrillos se estaba resquebrajando internamente. Las declaraciones de los burócratas de la RDA parecían esculpidos en titanio. Nada se movería. La historia, además, resultaba una losa desmoralizadora. Todos los intentos para romper con el orden de Postdam había terminado bajo los tanques soviéticos (o las operaciones encubiertas de la CIA).

Sin embargo, el muro cayó por sorpresa. Sorpresa entre los jóvenes, que no habíamos conocido otro mundo, y sorpresa entre los grandes, que habían aceptado ese orden como un hecho inamovible. Y sin embargo, el nerviosismo, los malentendidos, las inquietudes, y sobre todo, una corrupción profunda de aquella gran mentira que se había convertido en el “socialismo real”, se terminó en una noche. Como vaticinaba Lluís Llach, a una “estaca” que disponía ya entonces de una versión en polaco “, bien sabíamos que era podrida / y costaba tanto” hasta que, muy podrida, estirándola yo por aquí, tumbada tú por allá, acabó tumbando.

Lo siento mucho. Sin embargo, cuando veo la cara de Rajoy, de Margallo, de Wert, de Soraya, de Montoro, … veo la mirada impasible e inquieta de Erich Honeker. Veo como su actitud pétrea, de titanio, amenazante, responde al instante en que intuyen que su “socialismo real” ha sido una mentira. Y, sí es cierto que ha habido gente conspirando en su contra, aunque es sobre todo su impotencia, la carcoma que se come las cañas que lo sustentan, que las cosas …

Me niego a hacer pronósticos. Dejamos este trabajo para Sandro Rey. Sin embargo, como decía Martí i Pol, todo está por hacer y es posible.

Gute Nacht

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