Democracia contra dictadura, presente contra pasado

Me piden que redacte unas líneas sobre el futuro hipotético de una Cataluña soberana. Sin embargo, creo que el futuro tiende a estar sobrevalorado y a menudo sirve más de consuelo que de inspiración. En este proceso trascendente que vivimos, lo esencial es el presente. Y, si realizamos una mirada objetiva a la ruptura que hemos estado construyendo en los últimos años, a pesar de justificadas reticencias, podemos estar del todo satisfechos. Si, además, miramos hacia atrás, podemos darnos cuenta como la sociedad catalana ha despertado de repente del coma inducido al que habíamos sido sometidos por un estado atávico que hoy se debate en un régimen senil. Y hoy el futuro está en nuestras manos para que, en conquistar el presente, hemos desvanecido los cocos del pasado.

La afirmación nacional que supone la salida colectiva del armario soberanista protagonizada por la sociedad catalana ha tenido un efecto espectacular. La negativa hispánica a reconocernos como nación, la miopía política de buena parte de la izquierda de confundir nuestra condición nacional como una especie de hechizo burgués, ha polarizado a la península ibérica, no entre independentistas y unionistas, sino entre partidarios de la libertad y defensores de la dictadura; entre aquellos que consideran el derecho a la expresión popular y aquellos que la pretenden negar. Ni la ayuda de un premio Nobel de literatura, enrolado como guionista mayor del reino, ha sido capaz de corregir la narrativa de los tiempos actuales. Defender el no a la consulta es perfectamente respetable, sin embargo, aquellos que querrían el mantenimiento del statu quo han sido abandonados por quienes, contrariamente al sentido común, niegan la posibilidad de expresión, y convierten la integridad territorial del estado en un acto ilegítimo de fuerza y ​​opresión. Así, la raíz autoritaria de los titulares del estado, y la de aquellos que han permanecido ebrios de la cultura catalanofóbica ha quedado patente. El 9N no representa la victoria de los independentistas, sino la derrota de aquellos que, en nombre de una democracia entendida al modo orwelliana, quedan aferrados al testamento de Franco, documento fundacional que convierte en sagrada la peculiar unidad española. La confrontación de los días presentes no es entre nacionalistas de un color u otro, sino entre los partidarios de la luz de la libertad y la oscuridad del miedo.

Y de hecho, los grandes esfuerzos que realiza el estado y sus servidores para impedir votar evidencian precisamente su debilidad. El escándalo Pujol, precipitado con la voluntad de debilitar el proceso, en la práctica la acaban potenciando. La parcialidad del estado, que utiliza de manera parcial la larga lista Falciani, más bien lo que pone al descubierto es la corrupción inherente al orden resultante de una Transición fraudulenta. Una vez más, la confrontación no es entre independentistas o unionistas, sino entre un presente de ruptura y un pasado en el que la corrupción convertía la grasa de los engranajes constitucionales. Pujol se convertía el pasado. La revuelta pacífica y democrática que hoy desborda las calles, los hogares y los pensamientos de la ciudadanía, representa el presente. Y es desde estos ingredientes, una vez mentalmente libres, una vez liberados de las antiguas hipotecas, cuando nos hemos ganado el derecho de construir el futuro. El futuro es nuestro, porque en nuestras cabezas y en nuestros corazones ya hace meses que hemos declarado unilateralmente la independencia.

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