11 de septiembre de 2014

Por tercera vez consecutiva, ayer también participé en la multitudinaria Diada. Esta vez, la liturgia ordenada por el ANC, alguien lo tenía que decir, me parecía un poco folclórica. Sin embargo estuve porque, como historiador, soy consciente de la importancia de participar en la historia. Y, ciertamente, las sensaciones captadas en el trayecto, la multitud de gente en el vértice de la Diagonal, los comentarios sentidos, las imágenes vistas, me permitían hacerme una composición compleja de un movimiento tel • lúric, de fondo, de lo que hemos ido viviendo en las últimas décadas.
En un tramo lleno de gente de Cornellà, Sant Joan Despí o el barrio de Les Planes, la imagen de matrimonios grandes, de amarillo o rojo, hablando en castellano, junto a jóvenes de estética “Mujeres, Hombres y viceversa” desmentían los tópicos sobre la composición social de la gente que, no sin reticencias, seguimos las consignas del ANC. Muchas criaturas, varios acentos, miradas y • lusionades nos elevan la cuestión a la verdadera naturaleza del fenómeno: vivimos una revolución.
Es así: el tsunami soberanista deberíamos entender como una revolución. Una revolución de la voluntad, de la autoafirmación (a menudo más personal que nacional), del empoderamiento de aquellos (la inmensa mayoría) que los pactos de la Transición nos habían convertido en excluidos. Es una revolución en tanto que tiene la inequívoca intención de destruir el viejo orden (el del pacto entre franquistas y una oposición que no se opuso) que nos han empujado hacia el callejón sin salida democrático, social, nacional donde estamos.
Como en toda revolución, cada uno tiene su propia idea y esperanza sobre el futuro. Es precisamente esta circunstancia la que separa Cataluña de España. Porque construir un nuevo estado, la certeza de que será posible modificar las reglas del juego, y que tendremos la oportunidad de participar en su definición, no se puede comparar con el pesimismo nihilista de oponerse a un gobierno sin tener un proyecto y • alusiones. Tal vez, porque en España, la mayoría social aún no sabe cómo destruir la hegemonía cultural en que se fundamenta el dominio de en términos de Pablo Iglesias- “La Casta”.
Ahora bien, si tuviera que sacar unas conclusiones sobre el significado profundo de la gran movilización de ayer, las establecería en cuatro puntos.
Se trata de una revuelta contra el orden resultante de la Transición. Y esto implica impugnar todas las asignaturas pendientes españolas: la ausencia de una cultura democrática aceptable; la persistencia de unas desigualdades sociales profundas, derivadas de la posición hegemónica de grupos sociales dominantes y con raíces profundas en el franquismo; la incapacidad de administrar la diversidad nacional hispánica. En estas circunstancias, millones de personas de clases sociales diversas, de lenguas maternas diferentes, de procedencia heterogénea ha llegado a la conclusión de que un nuevo estado catalán les ofrece una verdadera y realista posibilidad de ruptura. Además, la experiencia de engaños reiterados por parte del estado y sus grupos políticos implican tal grado de desconfianza que hace el proceso soberanista irreversible.
La vacuidad del discurso unionista. En todo este período largo, la reacción del establishment ha resultado entre insensible, apático y suicida. La obstinada negación de la condición nacional de Cataluña, la adicción a la propia propaganda, la tergiversación de la realidad, y la impotencia a la hora de ofrecer más que una pared hace que precisamente el unionismo se convierta en el principal combustible que atiza el fuego independentista. Sabiendo que no pueden entrar en ninguna estrategia de seducción, la apela • ción a la legalidad y el recurso tradicional en el miedo y las amenazas han sido sus únicos argumentos. En cierta medida, el anticatalanismo que ha utilizado tradicionalmente la derecha española (a la que se adhiere un triste PSOE) se ha convertido en una especie de droga de la que ya no puede prescindir. Y en cuanto a argumentos jurídicos, no representa otra cosa que la cobardía de hacer creer que no se puede (ley) cuando en realidad no se quiere (política). Y sin embargo, aunque alguien con un mínimo de sentido común fuera en el otro lado, ya hacen tarde. Años de acoso identitario han dejado heridas demasiado profundas. Y, desde el punto de vista catalán, como decía Martin Luther King, “recordamos más los silencios de nuestros amigos, que los insultos de nuestros enemigos”.
No habrá negociación. En este sentido, ni España entrará a discutir un cambio de estatus que apacigüe la hoguera (el fuego ya está completamente descontrolado), ni Cataluña aceptará otra oferta que no comporte un referéndum, en el que al menos haya la opción a la independencia. Son demasiados años de engaños y desconfianzas. Y claramente no se trata de un conflicto entre Cataluña y España, sino entre una ciudadanía diversa, y residente o con raíces catalanas, y un estado fundamentado en el franquismo, adicto a las desigualdades y al desprecio a la diversidad. El problema fundamental es que España no reconocerá Cataluña como nación (a diferencia de Escocia). Por lo tanto, esperar a que alguien en el otro lado esté dispuesto a “hacer algo” o modificar una Constitución que ha demostrado un uso selectivo, no merece ninguna clase de confianza. Cuarenta años de engaños nos contemplan.
La ruptura es inevitable. Sé perfectamente que los escenarios que se nos abren ahora son diversos y variables. Sin embargo, ya sea porque finalmente se celebra la consulta (en contra de la ley española, se entiende), ya sea para que haya unas elecciones plebiscitarias, ya sea porque nos encontramos con otras circunstancias, lo cierto es que España no admitirá nunca negociar la separación. Por lo tanto es inevitable que en un momento o en otro, tendremos que declarar la independencia en contra de su voluntad. Es inevitable un acto de ruptura. Y, el tiempo no mejorará las cosas, por lo que soy partidario de propiciar este acto lo antes posible. Y si me preguntan, la mejor manera será celebrar el referéndum a toda costa. Y en algo coincido con CiU, hay que hacerlo con todas las garantías, esto quiere decir, en cola • legis electorales, no en la calle, con la participación de los municipios, censo oficial, y lo que sea necesario. Y si prohíben la consulta con bastante contundencia, declaró unilateralmente la independencia. Al fin y al cabo, esta es la vía mayoritaria, a lo largo de la historia, para adquirir el estatus de estado.

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