Cataluña es anticonstitucional

Como nos recuerdan en estos días de movimientos políticos nada sutiles, votar es anticonstitucional. Opinar es anticonstitucional. Pensar cosas diferentes a lo que representa el ordenamiento legal es anticonstitucional. Bueno, lo que resulta, en suma, es que Cataluña es anticonstitucional.
Vayamos por partes. La Constitución, entendida mayoritariamente por los titulares del estado como una especie de tablas sagradas de la ley que Dios entregó a los españoles con la santa misión de mantener la unidad de la patria, más que prisión de las naciones, parece directamente una prisión del pensamiento. Como nos demuestran día tras día aquellos que no hay salvación tras el régimen en que se reformó el franquismo, la Constitución, que fue entendida por muchos como punto de partida, no resulta otra cosa que un punto de llegada. Y los designios divinos, esculpidos dentro del ordenamiento legislativo español, no fueron consignados por Dios, sino por Franco, en su testamento político, recogido en el artículo segundo y octavo de la Constitución, y enviado por un ángel motorizado (sería de el infierno?) a la comisión constitucional que se reunía el verano de 1978.
Dónde queda Cataluña, dentro de todo esto? Como ya indica la aritmética pura, fuera de la Constitución. Porque es así. Cataluña, no sólo es una nación (un término excesivamente espurio para los burócratas del sanedrín constitucional), sino que es un cuerpo político y jurídico preexistente al texto constitucional. Incluso, dentro del ordenamiento legal español, Cataluña es un cuerpo administrativo anterior a la redacción de la propia constitución, pues la Generalitat republicana fue restaurada y reconocida de manera provisional más de un año antes de que la Constitución fuera promulgada por las Cortes constituyentes. La Generalitat, Cataluña, entendida como una entidad estatal ligada constitucionalmente una República autodisuelto en junio de 1977, con una continuidad institucional ininterrumpida en el exilio, no cabe dentro de la constitución, porque está fuera, continúa fuera, y no tiene otro futuro si no es fuera.
En cierta medida, la convivencia constitucional Cataluña-España resulta altamente problemática y conflictiva, porque se trata de dos cuerpos estatales incompatibles y confrontados. Cataluña, porque representa la herencia republicana y democrática, consolidada a lo largo de un periodo de paz (o al menos de guerra fría con los vecinos) y con una monarquía que sólo ha tolerado durante un tiempo la coexistencia con un cuerpo nacional ajeno .
En estas circunstancias, no es que las leyes catalanas recorridas por el TC sean inconstitucionales. Es que toda Cataluña, y los catalanes, somos inconstitucionales. Nosotros, como nación, como sociedad, como individuos que también pueden tener sentimientos de simpatía hacia España, somos un cuerpo ajeno al estado actual. Nuestra obligación es, por tanto, legalizar lo que es una separación de hecho. Votar el 9 de noviembre, por mucho que la teocracia hispánica representada por el TC y el PP llamen y se esfuercen, no es una opción, sino una obligación. La desobediencia (o mejor, la ignorancia de leyes que nos son hostiles y ajenas) más que una obligación, es la consecuencia natural de nuestra existencia. Cualquier vía, sea primera o de tercera debe representar esto, una separación radical respecto al ordenamiento jurídico ajeno. Somos una nación, y también somos un estado. Simplemente, tenemos que hacerlo evidente a una engañada sociedad española. No olvidemos que los españoles comunes han sido engañados por sus élites en hacerles creer que nos hemos inventado nuestra condición nacional, o que se ha escamoteado un pasado en el que los titulares del estado sólo han sido capaces de mantener Cataluña controlada a partir de la represión o la amenaza.
Es por ello que no nos debe preocupar la constitucionalidad o no de nuestra decisión de votar. A juicio de la casta gobernante hispánica, incluso respirar es anticonstitucional.

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