Desencuentros

En mi irregular y heterodoxa trayectoria académica he participado en algunos (pocos) ritos de cohesión tribal. Estos toman formas menos inquietantes que el anterior concepto tomado de la antropología. Se trata de congresos, conferencias, encuentros, estancias en universidades extranjeras y todo lo que conlleva el contenido tradicional de ferias y mercados: dosis ordenadas de curiosidad, exhibicionismo, voluntad de comprar y vender conocimientos, exploración de yacimientos de contactos y experiencias entre el enriquecimiento espiritual y el onanismo social. Nada que no hayan podido literaturizado (y caricaturizar) escritores como Tom Sharpe, o que no pueda quedar recogido en la práctica definición de hoguera de las vanidades. Reconozco que estas situaciones me agobian, y si bien ya partía de una cierta tendencia a la introversión, los años acentúan mi misantropía. No soy un ser asocial, e incluso puedo conseguir mantener a lo largo de unas horas (días, si es estrictamente necesario) de una apariencia de académico serio, o de simular un cierto interés. Sin embargo, a menudo me siento como un náufrago en medio de una discoteca de los setenta, más pendiente de la mirada del naturalista que de la participación activa en los ritos colectivos. Será por eso que me doctoró con una tesis sobre el individualismo …!

En estos años de observador, coincidente con este punto de ruptura cercana, he llegado a algunas generalizaciones que confirman, en el plano individualidad, la diferencia nacional entre españoles. No, no hablo de episodios desagradables, incidentes remarcables o tensiones personales teñidas de identidades confrontadas, en absoluto. De hecho, a lo largo de algunas décadas no he tenido ningún problema en establecer relaciones cordiales con otros colegas más allá del Cinca, del mismo modo que lo he hecho con otros colegas con pasaportes administrativos de colores diferentes a mi. Hablo de diferencias sutiles, de códigos diferenciados, de reglas no escritas que marcan una separación tácita, de la que colectivamente acabamos de darnos cuenta después de décadas de una especie de coma nacional inducido.

La primera constatación es el de la tendencia gregaria hispánica. La experimenté hace ya algunos años a algún curso internacional en Bélgica, hace una quincena de años, o de una estancia académica en Argentina a mediados de la década de los noventa. Ya sea por una cierta inseguridad idiomática, ya sea por una cierto complejo en el que la superioridad y la inferioridad se mezclan en un extraño cóctel, percibí esta tendencia a abastecer grupos separados, a fortalecer el colectivo, ya menudo a menospreciar la sociedad de acogida, hecho especialmente increíble constatar en el caso de Latinoamérica, con quien los españoles comparten Lengua. Estos últimos años, en que mi hija ha pasado algunos veranos en Estados Unidos, parece que la tendencia persiste entre los más jóvenes. “Pasan olímpicamente de los americanos y van a la suya”, me informa. Dentro de este comportamiento gregario, hay diferencias. Los vascos y navarros a su aire, y los procedentes de los Países Catalanes-más allá que muchos tienen el castellano como lengua materna acabamos, sin proponérnoslo lo, en la misma mesa, y los gallegos, de acuerdo con los tópicos, van y vienen hasta encontrar algún brasileño.

No penséis que esta separación, evidente al cabo de días u horas, sea fruto de alguna discusión. El mundo académico trata de no rebajarse al nivel de las tertulias madrileñas. Al contrario, a lo largo de este tipo de encuentros se sellan amistades entre profesores o investigadores de Valencia, Madrid, Sevilla, Zaragoza o Barcelona, y se inician colaboraciones menos o menos regulares o fugaces. Si hay desavenencias, nos mordemos la lengua y no se nos ocurre hacerlas públicas, y si alguna vez aparece algún punto crítico, intentamos dar un trato aséptico, académico, distanciado, como una discusión civilizada y erudita. Yo interpreto que todo se trata de una cuestión más social que nacional. Recuerdo algunas conversaciones en el aeropuerto de Barajas, a punto de coger un vuelo transoceánico. Una historiadora de Granada me confesaba que una vez al mes iba a Nueva York de compras, mientras que un geógrafo madrileño calculaba las dimensiones de la piscina de su chalet en la Sierra o de las dificultades de encontrar criada .. Pobre de mí, y del chico de Lleida, que coincidíamos en tener padres metalúrgicos! Con esto quiero decir que la separación de clases sociales es mucho más evidente en la Meseta, mientras que aquí, a pesar de la distancia entre acomodados y ordinarios, busca más el disimulo.

La segunda, que experimenté precisamente en Argentina, es la persistencia de la mentalidad colonial, el “Conquistadores reloaded” que a menudo anida en el inconsciente colectivo hispánico. Mientras me relacionaba -y me dejaba enlluernar- por la gran dignidad académica de profesores, investigadores y estudiantes de la Universidad Nacional de la Patagonia, sentía muchos comentarios de desprecio entre cerveza y cerveza en alguna de las periódicas encuentros. “Están muy poco desarrollados, aquí”, sin entender que lo importante radica más en los contenidos que en las apariencias. Se pasan el día Tomando mate, sin comprender que estos espacios de sociabilidad permitían establecer las complicidades necesarias de la colaboración universitaria. No me extraña pues, que el lema del Quinto Centenario de la conquista se llamara como “El gran encuentro de culturas”. Es el problema de quien mira desde el pedestal. Quizás, en el fondo, no hacían otra cosa que no se les pidiera, al fin y al cabo éramos becados por el Ministerio de Asuntos Exteriores para complementar culturalmente la tarea que las grandes multinacionales madrileñas estaban haciendo en el territorio: un saqueo caótico del estado que implicaba un trato neocolonial (de eso parece que se trataba, de nuevo “el encuentro”. Y de hecho, su sociabilidad emulaba la de la minoría metropolitana que, desde la torre de marfil de sus clubes privilegiados, menospreciaban los indígenas y se quejaban de su presunta indolencia y mirada altiva.

No era mi caso, ni el de otros catalanes que trataban de integrarse en la vida social argentina, con mucha más facilidad de la que puede implicar a un barcelonés como yo, dentro de una sociedad endogámica como la de Girona.

Han pasado los años y cada vez frecuento menos los ámbitos académicos. En encuentros internacionales, sigo buscando la relación con la sociedad de acogida. Y siempre descubro catalanes a quien descubro por su acento en lengua extranjera, más que por su fisonomía, que también tratan de practicar el arte del mimetismo. Han pasado los años y los niveles de incomprensión mutua, sin perder nunca del todo las formas (al contrario, el mundo académico afortunadamente todavía está lejos del Sálvame) se ha profundizado en el distanciamiento, en la evidencia que nos separa la misma lengua, pues hablamos lenguajes diferentes. Ellos han renunciado a entendernos, al igual que buena parte ha renunciado a entender el mundo. A nosotros, España se nos ha hecho pequeña, porque es el mundo nuestro territorio. Sin embargo, supuestamente ellos son los cosmopolitas, y nosotros los nacionalistas de campanario, de vuelo rasante y perspectiva limitada. Ellos, en su mayoría buscan el cobijo de connacionales, y nosotros nos sentimos de un país pequeño que requiere el mundo entero para identificarnos.

Y los últimos encuentros no hacen otra cosa que confirmar lo que tituló el escritor chileno Luis Sepúlveda como grandes Desencuentros. Personas que habían estado íntimamente unidas en el pasado, y que después de varias experiencias, una vez plegadas, a pesar de los tiempos compartidos, a pesar de las antiguas complicidades, ya no nos tenemos nada que decir. Y empezamos a mirar, sutilmente los relojes. Tic-tac, que es el ruido de fondo que nos resuena a lo largo de los últimos años. Tic-tac, a la espera de que un día nos podamos volver a encontrar desde la más completa igualdad, desde el reconocimiento mutuo, de una colectividad que no es nacional, pues provenimos de naciones diferentes, sino desde la col colaboración internacional, en pie de igualdad con cualquier otro. Ahora bien, con la experiencia patagónica, lo del pie de igualdad … sospecho que con nuestra independencia, España necesitará un psicoanalista. Los catalanes, que tenemos una larga experiencia, con un pasaporte con color diferente ya no nos harán servicio. Los podremos pasar nuestros psicoanalistas argentinos …

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