Anarquismo, hecho diferencial catalán

Reproduzco aquí el artículo que acabo de publicar en la revista Orto, de Badalona, y donde me refiero a un libro que publiqué este año, y que ha propiciado algunas polémicas.

Aprovecho también para desear una feliz Navidad a mis lectores.

 

ANARQUISMO, HECHO DIFERENCIAL CATALÁN

Quizá peque de egocentrismo, pero como nos recordaba Francisco Umbral en una de sus episodios más conocidos, «he venido a hablar de mi libro».

Precisamente para Sant Jordi, apareció, tras año y medio de vicisitudes editoriales, mi breve ensayo Anarquisme, fet diferencial català, (Virus, 2013, 120 pp.) el cual ha suscitado una cierta polémica, tanto en los medios afines como críticos ante el plural universo libertario. En fin, en cierta manera me merezco buena parte de las críticas recibidas (no tanto con los elogios) al haber realizado un planteamiento deliberadamente provocativo. Pero lo que probablemente haya propiciado que se hable bastante (hecho del cual soy el primer sorprendido) sea que su aparición coincida con un momento especialmente sensible respecto a la posibilidad de ruptura entre España y Cataluña, que podría concluir con una proclamación unilateral de independencia.

El planteamiento de mi obra, que no se trata de un libro de historia, sino de un ensayo sobre la construcción y manipulación del discurso histórico, no tiene como objeto señalar a mi país como una especie de icaria perdida. Más bien dedico la mayor parte del esfuerzo a dinamitar los tópicos que, a izquierda y derecha, surgen alrededor de los catalanes. Debo confesar que la decisión de escribir este libro surge en la relectura del clásico de la historiografía catalana Notícia de Catalunya, de Jaume Vicens Vives (Girona, 1910 – Lyon, 1960) en el contexto del centenario de su nacimiento. A la hora de reflexionar sobre la imagen comúnmente aceptada del pueblo catalán como una sociedad ordenada, trabajadora, que valora el esfuerzo, con un punto de conservadurismo y con el seny como rasgo distintivo, descubro algunos hechos poco o mal explicados. Inicialmente podríamos pensar que las afirmaciones de Vicens parecen reflejar los valores y mitos de la burguesía catalana, construidos artificialmente a lo largo del XIX y en los tiempos del Novecentismo, en las primeras décadas del siglo XX. Al fin y al cabo, los textos modernos y testimonios contemporáneos caracterizan a Cataluña como una sociedad violenta, poco dada al respeto a la autoridad, y con una sobrepoblación de “anarquistas peligrosos”, hecho que el propio historiador gerundense reconoce en su obra. Pero la sorpresa es que todo este discurso, aceptado como verdad revelada a lo largo del último medio siglo resulta absolutamente falso.

Los valores de orden, trabajo, esfuerzo, disciplina y seny nunca fueron propios de la sociedad catalana. Ni en el siglo XIX, ni en la primera mitad del XX. Tampoco eran los valores de la burguesía dominante, caracterizada por la indolencia, la perversión, la vocación especulativa, y hasta cierto punto, la estupidez suicida. No hay más que leer a uno de sus cronistas oficiales, Josep Maria de Segarra, y el retablo de la clase dominante barcelonesa de la década de los treinta en Vida Privada. La fabricación artificial del tópico del catalán trabajador se produce a lo largo de la década de 1950, y vinculada al grupo de las clases altas barcelonesas que se ofrecen desesperadamente a colaborar con el franquismo. Las novelas de Ignacio Agustí empiezan a resultar embrionarias en este aspecto, pero es sobre todo el trabajo de Vicens quien elabora un discurso que ha sido aceptado acríticamente tanto por conservadores como por izquierdistas, lo que ha originado un terrible error de percepción y que imposibilita a muchos comprender bien las raíces del independentismo catalán. Vicens, un excelente historiador e intelectual, pero un personaje público caracterizado por su oportunismo y falta de escrúpulos, consideraba que la gran posibilidad de entrar e influir en los gobiernos franquistas era conspirar contra la autarquía de los militares y forzar un cambio en la dirección del capitalismo moderno de los años cincuenta. Esto solamente podía conseguirse mediante la infiltración en el grupo que, finalmente, conseguiría elaborar y aplicar el Plan de Estabilización, gracias a personajes como el economista Fabián Estapé o Mariano Ullastres. Y ello, a la vez, solamente era posible gracias al influjo creciente del Opus Dei.

De manera que la “Cataluña” del orden, esfuerzo, trabajo y seny se trataba de un país inventado, que asumía, no los valores de una nación, ni siquiera los valores de una clase social poco dada al sacrificio la moderación o el sentido común, sino que atribuía a nuestro país los valores del Opus. Lo peor de todo es que consiguió sus objetivos, y desde la Cataluña pujoliana, se insistió en la ideosincracia conservadora del país. Y desde la oposición al franquismo se acató acríticamente lo que no llega ni a la categoría de leyenda urbana.

Este era el propósito de mi libro; un trabajo forense sobre la manipulación de la historia, y cómo esta influye a la hora de enfrentarse a problemas concretos. En contraposición, mi trabajo reivindica que, precisamente si hay algo que caracteriza a los catalanes es su rebeldía histórica tradicional (el mismo Vicens Vives reconoce 11 episodios revolucionarios desde finales del siglo XV, prácticamente una revolución cada generación y media) y el arraigo del movimiento libertario, así como las dificultades de los catalanes a la hora de subyugarse ante cualquier autoridad. No solamente el anarquismo institucional, sino también el substrato igualitario que permanece en determinadas tradiciones y prácticas asamblearias. También mi ensayo trata de denunciar el hecho de la ocultación histórica de nuestra tradición y pasado contestatario, y los mecanismos a través del cual se ha tratado de borrar orwellianamente nuestra historia.

En cierta manera, lo comprendo. Jaume Vicens Vives, un joven brillante de familia acomodada asiste a los veintiséis años a la revolución del 19 de julio. Y descubre, con horror, como es posible una sociedad sin clases. Se da cuenta que, mejor o peor, la economía, la cotidianidad, las cosas más transcendentes o vulgares siguen funcionando con una desconcertante normalidad. Para alguien de las clases dominantes resulta terrorífico constatar como su grupo social, cómo las élites que se abrogaban el papel de líderes, son del todo prescindibles. Los trabajadores trabajan sin jefes. Los transportes funcionan sin clases. Los intercambios pueden realizarse sin dinero. Las relaciones personales no requieren de vicarios ni iglesias. La Cataluña libertaria no se hunde, antes al contrario, demuestra una vitalidad sorprendente. Es por ello que monta un discurso en el que se escamotea la revolución, oculta tras el conflicto. Es por ello que durante la transición, el mundo libertario es apartado del canon historiográfico, de la memoria oficial, de los libros de texto, del simple derecho a tomar un micrófono.

Por supuesto, mi libro aborda otras muchas y complejas cuestiones. Pero se trata sobre todo de cuestionar la versión oficial de los hechos. Quizá me he pasado con la provocación, pero ésta tiene la finalidad de hacer pensar. De hacer pensar a quienes les da pereza la reflexión o acepta sin rechistar la verdad oficial.

Y, en este momento complejo en el que la sociedad catalana está experimentando una revolución confusa y contradictoria, en el que lo nacional se mezcla con lo social (como sucede en las revoluciones de verdad, no en la de los manuales marxistas o las hipótesis académicas), es importante conocer de dónde venimos y quienes somos. Y, la verdad, aquellos que piensan que esto que pasa en Cataluña es algo de convergentes que quieren presionar a Madrid para obtener más privilegios, quizá estén cómodos con sus categorías mentales rígidas, pero no entenderán nada. 

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