La consulta

Finalmente, el jueves pasado, corre la noticia. Los teléfonos inician una inquieta sinfonía de whatsapps. Ya hay pregunta y fecha. A mediodía y a primera hora de la tarde, ya aparece en todas las conversaciones. Empieza a generarse la atmósfera de las jornadas que distinguen los momentos históricos de los días normales. Hay una mezcla de inquietud con la de indisimulada euforia. Casi me atrevería a compararla con la de algunos relatos del 14 de abril. Corre la sensación que finaliza una etapa, casi cae un régimen, y llega la hora de topar con los propios sueños.

Es cierto. Los independentistas han crecido exponencialmente a lo largo de la última década. Se trata de unas filas que se han ensanchado a base de desencuentros, pero sobre todo, gracias a las pequeñas y grandes humillaciones cotidianas; a la basura de las tertulias de diferentes cadenas, a los comentarios de descerebrados hooligans; a los silencios de los españoles cultos e inteligentes, muchos más de los que parecen; a los desprecios y arrogancia de los dirigentes políticos, líderes culturales, intelectuales de provecho. Pero, sobre todo, a partir de esa extraña sensación de incapacidad psicológica del otro lado para reconocerte como sujeto político, a tratarte como algo tan simple y obvio como una nación, y por los excesos del lenguaje orwelliano de izquierda y derecha según el cual, “votar” representa un sacrilegio democrático.

Muchos de quienes hoy cuelgan una “estelada” en su balcón, jamás hubieran imaginado que se contabilizarían entre los independentistas. Incluso algunos podrían sentirse relativamente cómodos en el orden anterior. Es posible que la mayoría fueran independentistas en su subconsciente, y que por un mecanismo psicológico -una ofensa, un desprecio, un “venga aquí a firmar contra Cataluña”, un “Cataluña es de España”, acabaran saliendo de un armario soberanista. Otros, en cambio, fueron convirtiéndose poco a poco, especialmente al darse cuenta que la españolidad se había convertido en un monopolio del franquismo más rancio, del unitarismo más irracional, del tono burlesco de Aznar cuando pronunciaba la palabra de “plurinacionalidad”. Varios españoles se hartaron de que en España, y especialmente en su pueblo, mandaran los mismos caciques de siempre que utilizaban la bandera (en este caso la rojigualda) para esconder las miles de fosas comunes, donde no solamente estaban sepultados los cuerpos de los republicanos, sino las esperanzas de quien no tiene un apellido como Aguirre Gil de Biedma.

También es verdad que, desde el jueves hasta hoy, hay mucha gente con bastante inquietud. No únicamente por alguna sombra del miedo sobre lo que pueda suceder aquí, sino una cierta desolación entre quienes querrían continuar en una situación como la actual. No, no es lo que piensan. Nadie tiene ningún miedo respecto a lo que pueda pasar a nivel interno. De hecho, en familia, entre compañeros de trabajo, entre vecinos, se habla de este tema sin crispación y se intercambian palabras con fluidez. Lo que detecto es la desolación de quienes no disponen de argumentos para avalar la actitud de cerrazón de gobierno y oposición. Que hablen de leyes en tono de amenaza; que consideren votar como un anatema, que impidan, que no haya nadie al otro lado, que el desprecio y la obstinación al no reconocimiento como nación persista. Como si la ciudadanía fuera gilipollas.

Pasados unos días, la gente es consciente de las dificultades, pero también que no hay vuelta a atrás. Que por muchos muros que impongan, la gente los saltará. Que existe organización y un cierto entusiasmo (aunque no sin escepticismo). y que España tiene un terrible dilema. Deberá escoger entre unidad y democracia. En 1917, en 1923, en 1936 escogieron lo primero, con terribles consecuencias para todos los españoles. Esta vez, para poder ser un país normal, capaz de sobreponerse a la adversidad, capaz de regenerarse, no le queda otra opción que escoger democracia. Aunque ello le haga empequeñecer el mapa.

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