Manifestaciones constitucionalistas

Al entrar por primera vez en el instituto, hacia finales de los setenta, me sorprendió conocer al primer grupito de fachas declarados. Aunque tenía catorce años y en casa, como en casi todas las casas, no se hablaba de política por miedo real y heredado, no era estúpido. Sabía que grupos de falangistas se dedicaban a hostiar por las Ramblas y por el barrio a todo aquel con pinta de progre, con barba, pelo largo y aspecto que no se atuviera a los mandatos de José Antonio. Pegaban fuerte, porque sabían que la policía los protegía (o en muchos casos eran sus papás o queridos parientes).

En clase, un grupete de chicas de la sección femenina repartían propaganda y señalaban objetivos. Resultaban ser una suma letal de tradicionalismo puritano con retorcida crueldad. Aquel curso, creo recordar que posterior a la Constitución, el orgullo patrio de aquellas chavalas que fumaban, se pegaban el lote con quien tuviera el valor de llevarlas a un rincón oscuro y repetían curso, se enzarzaba en múltiples escisiones a la búsqueda de la pureza ideológica. Todas (como también sus colegas masculinos más mayores), salían siempre con la rojigualda, denunciaban a comunistas y separatistas, o judíos o masones no necesariamente por este orden.

Si no fuera porque los ataques de los fachas hacían daño, y como sucedió a lo largo de la Transición, acababan a menudo de manera trágica, tanto sus palabras como exhibido orgullo resultaba patético, incluso cómico. En cierta manera, aquellas compañeras de las que nunca supe nada más eran hijas de familias modestas; de conserjes, de suboficiales, de porteros, de chupatintas de los diversos ministerios, de policías mamporreros. Los pobres vencedores de la guerra a quien la victoria les reportó migajas, condimentadas con un desmedido e irracional orgullo. En realidad eran perdedores entre los vencedores, por ello estaban tan asustados ante tanto “cambio de camisa transicional”, por ello parecían tan resentidos con el rey, o Suárez, o la democracia. Su tiempo, parecía, se les acababa. Les quedaban los uniformes, y su pose de chulo de discoteca, dispuesto a pegar a quienes no pensaban lo mismo que ellos… siempre y cuando, en grupo, cazaban a algún barbudo solitario.

Pensé en estas pobres chicas de la sección femenina ayer, al ver las imágenes de la manifestación del día de la Constitución… a favor de España y en contra de una Cataluña que quiere romper una relación que solamente le ha provocado disgustos. Ese tono de resentimiento contra un mundo que no comprenden, esa idea de orfandad política, a la búsqueda de padres oportunistas como Ciudadanos o élites que les desprecian como el PP. Gente que se mueve por sentimientos nacionales, y que enarbola una bandera contra la identidad de una sociedad en la que se sienten incómodos. Porque nunca han tratado de tratarlos de tú a tú. Jamás han hecho ningún esfuerzo por aprender la lengua, ni por dejar de despreciarnos, como hicieron sus mayores. Y cuando digo eso de “no dejar de despreciarnos” no hablo de los catalanes, sino de quienes sintiéndose españoles, vivían en realidad en otro país muy diferente del suyo.

Lo peor del caso, es que España se lo quedaron ellas. Con su bandera e himno franquista. Con su desprecio a la diferencia, con su silencio cómplice (o su responsabilidad y complicidad directa) con los crímenes de los suyos, quiero decir, de sus amos, porque estos chicos mamporreros y chicas de la sección femenina no ejercían otra cosa que el triste papel de lacayos.

Y así, seis mil personas que se miran La Razón o Intereconomía y que repiten como loritos “Cataluña es España”…. Quizá sí, pero no como ellos la imaginan. Porque, la Cataluña española que todavía queda es justamente la que odia profundamente a su España de fachas y mamporreros. La que ha monopolizado la palabra, la Constitución y el desprecio por lo diferente.

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