Día de la Constitución

Un día como hoy, fallecía el padre de un amigo de la infancia. No era un hombre virtuoso, tampoco una mala persona, sino un padre que compartía miedos, complejos, inseguridades como la mayoría de padres de mis amigos, compañeros, colegas o vecinos, como incluso el mío. Sin embargo, mientras trato de colocarme con una pequeña dosis de nostalgia, y recuerdo su agilidad regateando al fútbol en uno de aquellos partidos de padres contra hijos, montándome en su Renault 4 para comprar vino en el pueblo o prestándome un carnet para ir a ver al Barça, éste tenía una circunstancia personal que agravaba, en cierta manera, su difícil relación con el mundo. El señor J. había nacido en Francia, y no se instaló en Barcelona hasta los dieciocho o diecinueve años. Claro, entonces, hablo de los años setenta, este tipo de detalles nos pasaban desapercibidos. Las vidas o pasado de nuestras familias nos traían sin cuidado, en un momento de intenso choque generacional. Pero el conocimiento posterior de todo aquello que se callaba en casa, entre el miedo omnipresente, las medias palabras y los medios silencios, hizo que cada vez comprendiera mucho más los errores en que incurría en sus relaciones personales, propiciado por un desolador sentimiento de inseguridad.

J. nació en las playas de Argelers, justo después de la retirada republicana. En un campo de concentración. Su familia (conocí también a los abuelos, grandes y calladas personas) no tenía una gran significación política, aunque creo que debían pertenecer a ERC, y probablemente el exilio les salvó de la muerte (la muerte física o la espiritual a que se condenó a las familias de quienes se quedaron aquí). Después, nomadismo por diversas ciudades del interior de Francia. Una buena formación, pero una precaria integración en una sociedad que nunca fue muy buena en eso de integrar a los refugiados. Llegó el momento crítico en la familia J. de quedarse o regresar, y se optó por esto último. El shock debió ser espectacular. A penas pisado territorio franquista, un servicio militar fundamentado en el trato de esclavo contra los reclutas, y destino africano a aquellos sospechosos hijos de exiliados y rojos. Y un miedo, terrible miedo forjado a base de silencios, de una clara distinción entre fascistas y vencidos. Y eso que, en Cataluña, la hegemonía antifranquista se percibía. Una España donde un sargento te podía abofetear por hablar en catalán (el señor J, al llegar aquí, desconocía el castellano al haber aterrizado con su escolaridad francesa. Creo que este aterrizaje forzoso y tan duro, influyó en sus dificultades para hallarse cómodo en un lugar tan inhóspito como esta unidad de destino en lo universal de la sagrada patria que versaban los manuales escolares. Por supuesto, mi amigo nunca me lo explicó, pero la alternativa en convertirse en español hubiera sido partir para la guerra de Argelia.

Nunca su vida fue fácil. Es por ello que su carácter tampoco lo fue. Sus últimos años, viudo, consistieron en buscar la calidez de una chica caribeña mucho más joven que él. Pero las pocas veces en que coincidimos, me parecía tan confundido como la primera vez que lo vi. Sé que siempre fue un catalanista moderado, y que alguna vez se las tuvo con un vecino de Valladolid que intentaba reivindicar la superioridad de la cultura castellana. Siguiendo el consejo de sus padres, jamás se metió en política.

El día de la cadena humana, me enlacé con su hijo, M., con quien comparto amistad desde que tenemos ocho años. En cierta manera, pasearnos con más de tres millones de manos, con esteladas al viento, era una especie de homenaje póstumo a quienes España les amargó la existencia, les provocó humillación y sufrimiento, sin distinción de sexo, ideas, o lengua. Simplemente, los tipejos y delincuentes que llegaron por la Diagonal con sus tanques y banderitas españolas, las mismas que adornaban los aviones que arrojaban bombas también sobre la casa de mi padre, son los mismos, con los mismos colores y el mismo himno que hoy celebran la Constitución como una gran cosa. Nunca nadie le pidió ni siquiera disculpas al señor J. Nunca se le ofreció otra cosa que miedo. Nunca nadie se planteó compensarlo por tanto sufrimiento.

Hoy, ofendo a una España, que es la España real, la del franquismo, la del miedo, la del fantorche del monarca, hijo putativo del gran criminal de guerra Franco. La de una Constitución que contiene la legalización de los crímenes de la dictadura. Que no se fundó sobre la reconciliación, sino sobre el silencio, y la salvaguarda del robo y el crimen de aquella guerra que duró mucho más allá de los últimos disparos del 39. Feliz día de la Constitución!

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