Decepción

Quizá lo que más molesta no son los insultos de tus enemigos, sino los silencios cómplices de tus amigos.

Desconozco si esta frase está registrada, es un proverbio chino, o simplemente es una constatación autobiográfica. Pero en este dietario, donde evoco la manera en la que uno acaba distaciándose de su identidad originaria, recuerdo más de un episodio en la línea de la frase que abre esta anotación.

Hace ya algunos cuantos años que ejerzo como historiador. Tengo algunos libros, capítulos y artículos publicados. Algunos en catalán, otros en español. Yo no tengo ni he tenido nunca problemas con la lengua, ni preferencias. Al fin y al cabo, suelo escribir por encargo, porque algún colega o amigo me pide una colaboración, y suelo cumplirlo con placer. Me da tanta satisfacción una lengua como otra, y cuantas más, mejor.

Como historiador, o como escritor, considero que formo parte de una comunidad académica, que como toda, implica la necesidad de llevarse bien con todo el mundo, de crear mi propia red de contactos. Y en este sentido, aunque me da cierta pereza esto de los congresos y encuentros, desarrollé mi propia red desde hace algunos años.

Recuerdo un congreso en una ciudad castellana hace más de una década. Un ambiente fenomenal. No tanto por la excelente organización de los debates, sino por las actividades “extraacadémicas”, los pasillos, comidas, tertulias y gintónics de medianoche. Hice buenoa amigos con gente de casi toda la geografía española. Y tanto fue así que entré en un proyecto de asociación y colaboración que resultaba fascinante.

La cosa funcionaba, más o menos bien, al principio de todo. Pero llegó 2003, el tripartito, y la voluntad de establecer un nuevo Estatut que, sobre todo, debía servir para deshacer el proceso de desmantelamiento estatutario iniciado bajo la etapa de Aznar. Y llegaron los insultos, descalificaciones, muestras públicas de catalanofobia y estigmatización de lo que “en la otra orilla” se denominaba como nacionalismo.

Siempre he tratado de mantener una cierta distancia emocional ante el mundo de la política, que tiene mucho de escenificación. Tampoco era un entusiasta del “Estatut”, y en cierto modo, buena parte de los planteamientos del Tripartito me parecían criticables, como ya había publicado en algún artículo de prensa. Pero, aprovechar la situación para lanzar la Brunete mediática contra Cataluña, así, en genérico, desde una actitud categórica y con un lenguaje agresivo, representaba un ataque contra los catalanes. Contra todos: los independentistas, los autonomistas, los federalistas, los indiferentes, los ambiguos,…

Como ya había sucedido con aquella manifestación por los Papeles de Salamanca en que un franquista Torrente Ballester reivindicaba “el derecho de conquista”, me pareció asistir a una película de terror. Junto con algunos colegas, intenté impulsar una especie de manifiesto en el que mis colegas del otro lado, casi todas personas serias, rigurosas, radicalmente antifranquistas, expresaran su inquietud por los ataques recibidos sin distición por aquella caterva de fachas.

Silencio. Nadie al otro lado. Aquellos a quienes considerabas tus amigos, no movieron un dedo. No en defensa de Cataluña, sino en defensa de la verdad. En defensa de la razón. En defensa del sentido común. Cualquiera sabe que humillar a los demás tiene un precio. Que más pronto o más tarde aparecerá el resentimiento. Que llegaría un día en el que, si nadie parase la dimámica de insultos y ofensas, los balcones catalanes se llenarían de esteladas.

El problema no fueron las acciones de unos, sino las omisiones de otros.

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