Pasado y presente

Evidentemente, mi pasaporte indica mi nacionalidad española. Y mis orígenes también lo son. A pesar de que siempre he considerado que esto de las identidades tiene más que ver con la introspección individual que on la volatilidad de los sentimientos, a pesar de la incomodidad del peso de ser español en los setenta u ochenta, cuando la palabra España invocaba la suciedad del horror de la dictadura y la miseria moral de un país aislado y orgulloso de la incultura, admitía mi españolidad como una circunstancia natural, como si fuera el sexo, la altura o mi condición de diestro.

Hoy todo esto ha cambiado. Profundamente. Ni siquiera sería capaz de describirlo con detalle. No recuerdo haber caído del caballo camino de Damasco. Pero lo cierto es que hoy en mi balcón cuelga una estelada, he participado en las diversas mobilizaciones populares a favor de la independencia, y formo parte de diversas iniciativas políticas que abogan por la creación de un estado separado, de la ruptura con una España, que más o menos durante muchos años podía ser imaginado, pero que ahora es tan real como el socialismo real de las dictaduras comunistas.

Inicio este blog como la crónica de una desafección, como el dietario del distanciamiento que me ha llevado, como a tantos otros, a constatar que no hay futuro individual o colectivo en esta España cada vez más nacionalista (en el sentido en el que los franquistas se definían frente a los “rojos). Serán las notas cotidianas de la progresiva desconexión, que ya sé que es bastante colectiva, pero también introspectiva, y a compartirla con los lectores hispanoablantes. No pretendo convencer a nadie. No pienso dar lecciones. No creo en la pedagogía, al fin y al cabo, soy consciente que los sentimientos nacionales no se rigen por criterios racionales. Sí quiero compartir con aquellos que tengan la paciencia de leerme, y la voluntad de no dejarse llevar por los prejuicios, lo que nos puede ayudar a todos: el porqué de las cosas.

Hoy por hoy, este proceso de desconexión me parece irreversible. Hoy por hoy, también de manera lamentable, para muchos, mi actitud supone una “ofensa para España”, eso que a los herederos del franquismo quieren castigar con multas, pero sobre todo, silenciar con miedo. Yo no siento odio, ni resentimiento. Antes al contrario, como buen residente en Cataluña tengo bastantes amigos y familiares repartidos por la piel de Toro. También sigo siendo, culturalmente, bastante español, en el sentido que buena parte de mi imaginario literario, cultural, musical, político, lo sigue siendo. Pero esto son elecciones individuales, como inividual es mi desapego. Estas reflexiones, que devienen sentimientos que se dedican a registrar este progresivo distanciamiento que permite explicar cómo mi país, Cataluña, ya es independiente. No en los documentos administrativos, sí en la mentalidad colectiva. Entramos en la fase de formalizar en lo que ya es un hecho.

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