¡Qué tiempo tan infeliz!

Imatge

Asistimos hoy a la clausura de Canal Nou. Policías que hacen aplicar la ley creada expresamente por las autoridades valencianas… para saltarse la ley. Los legisladores urden un tejido legal para que nada ni nadie pueda escapar de la represión y la mordaza. Criminalizan la disidencia con normativas fotocopiadas de Bielorusia y maneras que recuerdan a Corea del Norte. Eso sí, con una retórica de democracia, liberalismo, y el bien a la humanidad revelado por alguien que abusa de la botella hasta en el dni.

Por un momento, veo pasar ante mi, los sesenta. No los sesenta idealizados por los babyboomers, ni los Beatles, ni siquiera por los Volkswagen escarabajo. Adivino los sesenta en blanco y negro de miseria, represión e impunidad de los franquistas. Observo los franquistas como han abandonado la tela imaginaria que les permitía creerse como los emperadores de la democracia. Los franquistas peperos del “usted no sabe con quien está hablando”, los franquistas de las humillaciones cotidianas, los franquistas de la chulería con los débiles y la sumisión ante los fuertes. Purria que, de tan inferior en todas las dimensiones, han interiorizado un complejo de superioridad que da miedo. Malhechores mafiosos que se han acostumbrado a la impunidad. Inquisidores que tienen a ETA en la boca cada vez que encuentran a alguien que no se dobla ante su enfermiza vanidad.

No hace mucho, pasé un buen rato mirando uno de estos programas cutres que pasan en un canal privado. ¡Qué tiempo tan feliz!, donde un desfile de garrulos evocaban los años de su juventud. Si bien la nostalgia no es lo que era, que explicaba Brassens, no hay peor nostalgia que la edulcoración del pasado.. Si bien aquel akelarre de rubias de bote no hacían otra cosa que evocar folklóricas, cantantes, actrices y referentes de peluquería, obviaban la miseria moral, material y espiritual de una España tatuada a sangre y fuego por el estigma del franquismo. Aquel régimen corrupto y corruptor que nos impidieron superar y que la Transición soldó al presente. Imagino a buena parte de los peperos de base, tan garrulos, vulgares y miserables como los que invitan a tomar cafés con leche en Plaza Mayor añorando aquellos sesenta inventados… y sobre todo a los reales, aquellos en los que dominaba el “Usted-no-sabe-con-quien-está-hablando” que dejaban claro quienes eran los afectos al régimen, y quienes no.

Los sesenta que vivieron la mayoría de personas fue infeliz. Una combinación de uniformes, sotanas y estúpidos y prepotentes funcionarios de provincias. Una época de escuelas reaccionarias, de nacional catolicismo, de diferencias abismales, de emigración, de colocar bajo las ruedas a todo disidente. Este es el ideal del PP, el lugar del cual pretenden resucitar a un estilo, a reconstruir como un Frankenstein, a base de leyes a medida, una cholería cósmica y un odio y desprecio terrible por todo aquello no-español.

Hoy es un día triste, pero también una lección práctica sobre la necesidad de desmantelar España, esta fatalidad de destino en lo “huniversal”. 

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